» » Volver al pueblo, aunque sea unos días. O te llevamos un poquito a casa.

Volver al pueblo, aunque sea unos días. O te llevamos un poquito a casa.

Publicado en: Blog | 0
Si te gusta puntúa con 5 estrellas
[Total: 3 Average: 3.7]

 

Vale la pena volver al pueblo, aunque sea unos días. ¿Os acordáis cuando íbamos al colegio y comenzaban las vacaciones de verano, o las de Navidad o Semana Santa, o incluso los puentes o fines de semana largos? Nosotros, como os hemos contado en alguna ocasión, éramos de los de “nos vamos al pueblo”. Y no entendíamos muy bien cuando algún compañero nos contestaba: “yo no tengo pueblo”. Y es que no  nos cuadraba nada que alguien pudiera no tener pueblo. Para nosotros era lo mejor de lo mejor, lo que más echábamos de menos durante el curso escolar.

 

Ahora, aunque vamos quizá menos de lo que nos gustaría, seguimos siendo de los afortunados que tienen pueblo,  y vemos con satisfacción cómo la nueva generación tiene las mismas ganas de disfrutarlo que teníamos nosotros.

Volver al pueblo, aunque sea unos días, es volver a esos días largos de verano, donde el reloj y las prisas desaparecían de nuestra mente.  Los pequeños de la casa nos despertábamos a cualquier hora con el silencio, o como mucho con el griterío del grupo de amigos que venían ya a buscarnos, para aprovechar bien el día. En casa apenas nos veían el pelo; desayunábamos deprisa, para no perder tiempo, y nos marchábamos con el grupo (casi siempre básicamente compuesto de primos) y nos pasábamos toda la mañana con las bicicletas, o en el río, o inventando juegos o trastadas.

 

Casa del Río (Ribera de San Benito)

Pasábamos también horas muertas en el parque, mucho más básico que los actuales: sólo un anticuado balancín, un tobogán y un par de columpios. Y nada de suelo acolchado, no: suelo puro y duro o amortiguado con los matojos que crecían por allí a su propio ritmo. Pasábamos los veranos con las rodillas marcadas y rojas de Mercromina por caídas en el parque o en la bici.  Al mediodía, tocaba disfrutar de una buena comida, casi siempre preparada por la abuela, contundente aunque fuera verano: cocido, gazpacho manchego, arroz con conejo y verduras… Eso sí, nos tocaba sufrir interminables siestas: con el calor no nos dejaban salir y pasábamos unas horas “terribles”, contando los minutos que faltaban hasta la hora de volver a quedar con los amigos. Y por la tarde más de lo mismo, jugar y disfrutar hasta la hora de la cena: pisto, tortilla de patata, pimientos fritos con huevo, pollo frito… que muchas veces tomábamos de sobaquillo con los colegas para aprovechar más el tiempo. Y no acababa ahí el día. Después de cenar tocaba salir un rato, comprar un helado, y jugar al escondite o al cruzacalles por todo el pueblo. Con el toque de queda (las campanadas de las 12 en el campanario de la iglesia), volvíamos corriendo a casa a suplicar que nos dejaran “un ratito más”. Disfrutábamos de una libertad que en la ciudad era impensable.

 

A nosotros nos vienen recuerdos de muchos detalles que en aquella época eran habituales, y hoy desgraciadamente van desapareciendo: era fantástico llegar a casa corriendo muertos de sed, y acudir a buscar el botijo (había uno o dos de mayores y uno más pequeño para los niños). El agua estaba fresca, en su punto, y hacíamos competiciones para ver quién daba el trago más largo sin mojarse. Siempre ganaba el primo mayor. Y daba igual que hubiera grifo en casa: el botijo se llenaba en la fuente, porque era “agua de la buena”, y esa sí era obligación de los niños, que realizábamos siempre renegando aunque en el fondo nos encantara ir, porque siempre encontrabas a algún amigo o conocido haciendo cola en la famosa fuente. También se ha ido perdiendo (quizá no por gusto) la costumbre de tener la puerta de la casa abierta. Podías entrar en casa del vecino, de los amigos, de los tíos, sólo empujando y gritando el nombre del propietario cuando ya estabas al fondo de la casa. Nadie sentía la necesidad de cerrar la puerta, porque todos se conocían y todos eran de confianza.

Otro recuerdo bonito era el momento de acompañar a la vecina ( o a tu abuela, tía, abuela de tu mejor amigo…) a recoger los huevos de sus gallinas. Era como jugar al escondite, porque aunque las gallinas tenían sus ponederos, y allí solíamos encontrar los huevos, muchas veces las muy pícaras decidían ponerlos en cualquier lugar escondido. Y ahí estábamos nosotros, “en busca del huevo perdido”, esquivando valientemente al gallo cuando se ponía bravo y a alguna que otra de sus esposas, poco contentas al ver que invadíamos su territorio.  Aquellos sí eran verdaderos huevos y gallinas de corral.

Otras cosas, afortunadamente, siguen iguales. Es genial ver que la gente te conoce cuando llegas, todo el mundo sabe quién es quién, qué hace, con quién festea, qué mal padece, si hay algún problema en la casa. Y eso, lejos de agobiar, impide la sensación de soledad para los que viven solos en el pueblo, y nos da la sensación de acogida a los que sólo vamos “aunque sea unos días”. ¿Otra cosa que nos encanta? Pues que todavía pervive, sobre todo entre los más mayores y los más pequeños, la fantástica costumbre de “salir a la fresca” por la noche, después de cenar. Cada uno sale de casa con su silla, y todos se colocan siempre en el mismo lugar de la calle, justo en el sitio donde corre el aire fresco de la noche, pero sin llegar a molestar, resguardado lo justo.

Los abuelos se dedican a la mejor actividad posible: simplemente hablar, contarse su día a día o, más a menudo aún, recordar los viejos tiempos. Mientras tanto, vigilan a los nietos pequeños, que juegan un poco más allá, lo suficientemente cerca para no escapar al control de los abuelos, y lo bastante lejos como para no alborotar y molestar la conversación. En nuestro pueblo, salir a la fresca por la noche, se llama “senochar”. No encontraréis la palabra en el diccionario, pero allí todo el mundo “senocha”.

 

La sensación de tranquilidad en el pueblo, también sigue siendo la misma. El estrés desaparece, porque con suerte hay poca cobertura o mala, así que no queda más opción que dejar a un lado el móvil, la tablet, el ordenador. Y lo más increíble es que no los echas de menos.  También desaparecen las prisas y los atascos. El coche se queda olvidado en el garaje, porque las distancias son mínimas. En apenas un rato puedes recorrer el pueblo de punta a punta.

 

 

Y desde luego, no ha desaparecido el buen comer. ¿No os pasa que cuando vais al pueblo os apetece comer platos de los que ni siquiera os acordáis cuando estáis en vuestra residencia habitual? A nosotros nos pasa siempre: llegamos a nuestro pueblo esperando disfrutar de platos de toda la vida, aunque eso sí, ahora nos toca prepararlos a nosotros: gazpacho manchego, potaje, morteruelo, pisto, gachas, productos de orza…Los fines de semana, sobre todo en invierno, no nos falta algún buen almuerzo con toda la familia alrededor de la mesa riñendo por el último “mojao” de unas buenas gachas o almortas. ¿Y qué nos decís de unos simples huevos de corral fritos con una buena cantidad de aceite de oliva? Nosotros aún tenemos buenos amigos que nos proveen de huevos frescos de corral de los de siempre.

 

 

¿Entendéis ahora por qué nos consideramos afortunados? Todo esto lo hemos disfrutado y lo disfrutamos aún nosotros, y también ahora nuestros hijos. ¿Se puede pedir más?

 

NOSTALGIA DE VOLVER AL PUEBLO, AUNQUE SEA UNOS DÍAS. 

Desgraciadamente, no podemos llevarte el pueblo a casa, pero sí podemos aconsejarte que vuelvas al tuyo si lo tienes o alguna vez lo tuviste, “aunque sea unos días”. O busques uno pequeño, tranquilo, acogedor, que te adopte y te pierdas en él unos días. Actualmente hay muchas opciones: casas y hoteles rurales, hostales… o incluso esa casa de los tíos o primos que tantas veces te han ofrecido y nunca has aprovechado.

Potaje Manchego de Judías Blancas

Nosotros por nuestra parte, lo único que podemos ofrecerte es acercar un poco el sabor del pueblo a tu mesa: algunas de esas comidas de toda la vida, de esos platos de la tierra, que comías de pequeño, que no has comido nunca, o que te gustaría seguir comiendo pero no tienes tiempo de preparar. Insistimos, lo mejor es que vayáis a vuestro pueblo (o a uno prestado) y los disfrutéis en buena compañía de familia y amigos,  pero si no es posible o mientras llega el momento, nuestra tienda gourmet online te los lleva a casa, procedentes de pequeños productores artesanos, que preparan estos manjares como toda la vida. Prueba especialmente, nuestros productos gourmet manchegos.

 

 

Como siempre os decimos: productos elaborados lentamente, para disfrutar sin prisa.

 

 

Copyright © 2017 . Todos los derechos reservados.

Deja un comentario